La marca de la humildad grabada a fuego

Da nombre a la ciudad deportiva del club que con tino preside, pero no alardea de alhajas ni dinero. Más bien, si en su carácter no llevase grabada a fuego la marca de la humildad, quizá sacase pecho por su modestia. Pero Francisco Rubio no lo hace. Ni cuando los curiosos le preguntan por las claves de su modélica gestión al frente del Numancia de Soria.

Lleva al frente del conjunto numantino la friolera de quince años, que se convierten en dieciocho si se contabilizan los tres que estuvo apartado de la presidencia. Tres años en los que se mantuvo al margen de las decisiones tomadas por un consejo del que bien podría haber seguido formando parte, pues seguía manteniendo en torno al ochenta por ciento del capital social de la Sociedad Anónima.

Se hizo a un lado después de llevar a cabo una medida impensable en el capitalismo futbolístico feroz actual: descapitalizar el club en casi diez millones de euros. “Es un relevo de trabajo”, dijo entonces. Un trabajo que llevaba desempeñando desde los tiempos en que el Numancia era un clásico de la 2ªB y que había logrado dar con los huesos rojillos en la máxima categoría nacional.

Cogió el testigo José Isla, mientras él volvía a ocupar su tiempo y mente con sus negocios personales. Como anticipándose a la crisis, se centró en la madera, la construcción o la energía solar. Esa crisis la afrontó con naturalidad. “Lo que vivimos hace un tiempo no era normal ni perdurable”.

Quizá tampoco lo fueron las mieles que su equipo, el de su tierra, llegó a saborear. Antes de su marcha y después de su vuelta. En una temporada en la que equipos como la Real Sociedad, Málaga, Celta de Vigo, Hércules o Castellón disfrutaban de un valor adquisitivo mucho mayor que el presupuesto que Rubio podía permitirse afrontar (el tercero más bajo de 2ª), volvió, vio y ascendió.

Con Pacheta en la dirección deportiva y Arconada en el banquillo, la provincia menos poblada de España volvió a ser de primera. Rubio pudo enloquecer, pero no lo hizo. Pudo lanzarse a la piscina y derrochar, pero prefirió nadar en su bañera y abogar por ese sentido común tan poco común en el fútbol español.

Consecuencia de ello o no, su nueva experiencia en primera división duró tan solo un año. Suficiente para cerrar el ejercicio, por cuarta vez consecutiva, con un superávit de casi cinco millones de euros que sirvió para seguir purgando la deuda contraída en años precedentes.

Para la posteridad, en la retina de muchos sorianos habrá quedado aquel gol de Mario Martínez en la jornada inaugural ante el Fútbol Club Barcelona. Aquel gol en Los Pajaritos de un chico de la casa, que apenas cobraba veinte mil euros, que hizo hincar la rodilla a Pep Guardiola por primera vez en la élite.

Navegando contra corriente, como si disfrutase saliéndose de la tónica general, el máximo dirigente numantino, pese al descenso, decidió seguir por el camino marcado: fortalecer las arcas del club a partir de la austeridad, de no gastar aquello que no se va a poder pagar.

Y en ésas están. Cumpliendo, motu proprio, con el fair play económico al que tanto alude la UEFA y que tan a la torera se saltan multitud de clubes, especialmente en España. Zaragoza o Betis son los más recientes casos de sociedades derrochadoras al amparo de una ley concursal que no es igual para todos.

En Soria, para bien o para mal, de concurso no quieren ni oir hablar. Probablemente tampoco sea necesario, pues cumplen como pocos -o casi ninguno- en el fútbol nacional. Si en algún momento debieron fue por el engaño al que llevó un alcalde sin palabra que llevó al club a pagar nada menos que un setenta por ciento de un estadio de propiedad municipal.

Mientras algunos con el agua al cuello ofrecen cantidades superiores a la que el Numancia puede permitirse, los rojillos siguen buscando invertir lo que buenamente puedan en infraestructuras que permitan que el próximo Mario no sólo llegue, sino también se quede.

En el trayecto, siguen rastreando la modesta Segunda División B en busca de mirlos blancos, haciéndose con todo lo aprovechable que van desechando sus rivales o aquellos que descienden, todo ello aderezado de canteranos de equipos de mayor categoría y de un tipo de perfil que gusta mucho y triunfa en Soria, el del vasco-navarro luchador.

Jugadores como Iván Malón, Cabrera, Nieto o Natalio han apostado esta temporada por catapultar sus carreras de la mano de un equipo que ha servido a Barkero e Ibrahima para dar el salto a la máxima categoría. Otros como Ripa, Expósito, Gorka Larrea, De Cerio o Julio Álvarez se han unido a Pablo Machín, sabedores del carácter cumplidor del club soriano.

“Va a ser un año difícil”, manifestaba Francisco Rubio recientemente, consciente de que su club comparte categoría con equipos con más de cien años de historia a sus espaldas y pertenecientes a ciudades más grandes que Soria. “Pero vamos a competir”, apostillaba. Porque, en primera o en Segunda B, por más que sus medios sean inferiores que los de los demás, el Numancia siempre compite. Ése es su sino.

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