De leyes, concursos y acreedores

Cuenta la leyenda que existe desde hace ya algún tiempo un fantasma sobrevolando las inmediaciones del Nuevo José Zorrilla. Atípico y exhibicionista, amenaza con quitarse la sábana y dejar al descubierto las posibles vergüenzas adquiridas por propietarios y dirigentes en los últimos años.

Cuenta también que en realidad estas vergüenzas no existen. Que no estamos tan mal, como diría un afamado presidente que jugó a ser político antes de ser juzgado por unos actos considerados por quienes antaño permitieron que hollase cumbre como poco diligentes. Que la culpa es de un señor que cree que Hacienda somos todos, y que como El Real Valladolid forma parte de ese todo, debe pasar por caja como cualquier hijo de vecino.

Hacienda ahoga, se dice. Y si Hacienda ahoga, no se descarta que el Real Valladolid tenga que acogerse a un proceso por el que otras Sociedades Anónimas Deportivas han tenido que pasar para rendir cuentas, de una forma más o menos generosa para según qué acreedor y qué club.

Un claro ejemplo de lo que pueden llegar a apremiar las deudas puede encontrarse en el Club Baloncesto Valladolid. En el mundo del fútbol, el paradigma de la ley bien aplicada es el Racing de Santander, a quien los administradores judiciales no permite salirse un solo centímetro de la línea de gasto y pago que ellos marcan.

Así debería ser en toda aquella sociedad que entre en concurso, y sin embargo no lo es. Si lo fuese, seguramente la resignación del aficionado cántabro no iría acompañada de un sentimiento que cabalga a lomos del caballo de la indignación y del corcel la envidia a otras empresas futbolísticas con quien la benevolencia ha sido y es mucho mayor.

La antítesis a la aplicación de la ley concursal es el Real Zaragoza, un club cuya deuda ascendía en el momento de acogida a dicha norma a nada menos que ciento diez millones de euros de deuda, y al que sin embargo se le ha permitido el pago de más de ocho millones por su guardameta Roberto.

El dopaje económico en el que los zaragocistas -con el fichaje de Roberto y los demás jugadores puestos este verano a las órdenes del ‘Mariachi’ Aguirre’- incurrieron no fue en realidad por su cuenta y riesgo, como el propio club reconoció, sino que fue realizado por un fondo de inversión del que, curiosamente, forma parte el máximo accionista de la entidad.

El maño es el caso más sangrante del fútbol español, pero no el único. Al amparo de Dixian 2009 SL y de los acuerdos de cesión con el Udinese italiano, pese a encontrarse en concurso, el Granada Club de Fútbol ha logrado dos ascensos consecutivos gastándose para esta campaña, la de su retorno a la máxima categoría, en torno a nueve millones de euros.

En contra de lo esperado, la entidad nazarí no ha logrado aún abandonar un proceso cuyo fin se esperaba para enero de este año. Quien sí salió hace ya algún tiempo fue el Real Club Celta de Vigo. Lo hizo en tiempo récord, en un año y veinte días, logrando reducir su deuda en nada menos que un ochenta y cinco por ciento.

Horacio Gómez, su antiguo presidente, fue acusado y declarado culpable de haber cometido irregularidades en la contabilidad económica y financiera a lo largo de sus años de gestión en el club vigués e inhabilitado para el ejercicio de cargos similares al que  en éste ostentaba durante los próximos dos años.

Tanto Horacio Gómez como varios de sus hombres de confianza fueron condenados por su mala gestión, algo que podría ocurrir con Joan Laporta -si bien la figura delictiva probablemente fuese distinta, al no ser el FC Barcelona una SAD-, pero que sin embargo no ha sido una práctica actual hasta la fecha en la aplicación de la normativa.

Otro de los clubes que han pasado -y de hecho aún están- en ley concursal es el Sporting de Gijón, que lleva cuatro años inmerso en el proceso de limpia de deuda de los cinco que la norma estipula como límite para pagar las cantidades denominadas ‘de deuda ordinaria’. Esto es, aquellas cantidades adeudadas a los acreedores privilegiados, que suelen estamentos tales como Hacienda o la Seguridad Social.

 

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Scouting de Plata: Real Valladolid

Así les fue en la 2010/11

Apostó el Real Valladolid, en su retorno a la segunda división, por un técnico joven e inexperto como Antonio Gómez. Un hombre que había sido jugador y que venía de acompañar a Rafa Benítez en su experiencia británica. En Liverpool, para más inri, era el encargado de dirigir al Reserves, una suerte de equipo a caballo entre guardería de infantes y hospital para jugadores de la primera plantilla con problemas físicos o psíquicos.

El que fuera jugador de Real Madrid -debutó con el primer equipo con Jorge Valdano en el banquillo-, Sevilla o Albacete inició la temporada con tres victorias ligueras consecutivas, en las que el equipo anotó ocho goles y no recibió ninguno.

Un bagaje de tres únicos puntos en los cuatro partidos siguientes, acompañado de decisiones y declaraciones difíciles de comprender pusieron al madrileño en la picota. Presa de los nervios, Carlos Suárez decidió destituirlo después de caer ante Xerez por cuatro goles a cero y frente al Cartagena en el Nuevo José Zorrilla en un partido que sirvió para homenajear a Víctor Fernández.

Torres Gómez cogió su relevo de forma interina, logrando un empate en su única jornada al frente del primer equipo. El verdadero relevo, Abel Resino, llegaría una jornada después. Su debut se saldó con una nueva derrota, en un encuentro loco en el que el Numancia se llevó tres puntos de Zorrilla tras vencer por cuatro goles a cinco.

El equipo siguió en caída libre hasta la jornada veinticuatro, en que rindió visita al Nuevo Colombino. En el descanso se produjo la llamada “Conjura de Huelva”, charla de la que nada ha trascendido, salvo que Mehdi Nafti -pese a ser un recién llegado- fue el precursor.

La victoria frente al Decano, del fútbol español, segunda a domicilio en la temporada, precedió otras dos frente a Betis y Elche, antesala de dos nuevos tropiezos (un empate ante el Albacete y una derrota frente a la UD Las Palmas). No fueron los últimos, pero sí el mayor bache hasta final de temporada.

Parte importante del resurgir fueron Jordi Figueras o Antonio Barragán, jugadores hoy de primera y con los que Antonio Gómez apenas había contado; junto a Nauzet Alemán, Javi Guerra o dos de los cuatro fichajes realizados por el Real Valladolid en el mercado invernal. Uno de ellos, William Ferreira, no pudo ni tan siquiera debutar por culpa del enésimo despropósito de la temporada: un retraso en la firma por un quítame de aquí estas comisiones.

Incluso sin él, sin un delantero que permitiese dar descanso a Javi Guerra, el equipo fue hacia arriba, y pudo incluso meterse en el play-off algún puesto por encima del séptimo definitivo de no ser por las derrotas sufridas ante Tenerife y Huesca en las últimas jornadas.

El equipo llegó a la promoción de ascenso subido en la cresta de la ola. De ella cayó de bruces, como si en lugar de agua, el mar fuese de hormigón. Después de la victoria en el partido de ida de la primera ronda por un gol a cero, la pregunta de si Abel había encontrado la clave o la clave lo había encontrado a él flotaba en el ambiente.

Poco participativo, ni en su mejor momento al frente del Real Valladolid logró meterse a la afición en el bolsillo. Tras la derrota en Elche, en la que un arrebato de locura le hizo lanzarse a tumba abierta a por el rival aún con la eliminatoria a su favor, la pregunta encontró su respuesta: la clave había encontrado a Abel.

Los astros, alineados unas cuantas veces a su favor, nada pudieron hacer ante los errores de Javi Jiménez -titular durante el último tramo de campaña bajo palos- y la permisividad de Amoedo Chas ante el otro fútbol desarrollado por los de Bordalás. El partido en el Martínez Valero se convirtió en un repaso a una temporada que en condiciones normales podría haberse considerado de transición, buena, incluso, pero que por un cúmulo de cosas finalmente fue definida como un delirio decepcionante.

 

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